7
Mar
2012

Sexo y sardinas

Ella dice que su primera experiencia fue la más intensa que nunca ha tenido. Llevaba tiempo curioseando en foros y páginas de contactos, intercambiando mensajes en chats interminables bajo la mortecina luz del ordenador hasta el punto de que las palabras ya estaban empezando a perder su significado. Quería probar, pero leía tantas historias sobre lo importante que era elegir bien, que en realidad ya casi no se fiaba de nadie.  Dice que una tarde, de la que no puede olvidar que llovía rabiosamente contra la ventana de su dormitorio,  un tipo de nombre corriente, sin adjetivos ni mayúsculas, le propuso con un lenguaje llano y exento de retórica que fuese a su casa.

“Así, de buenas a primeras – cuenta ella entre risas – va y me dice que tiene ganas de dar unos buenos azotes y de que le coman la polla. Creo que fue ese descaro, y el hecho de que no se molestase en ocultar que le era del todo indiferente cómo era yo, lo que me puso a parir. No sabía si ir para decirle cuatro burradas o para que me las hiciese él a mí. Pero fui, vaya que fui”. Y se sonroja todavía al recordarlo.

Tuvo que coger el metro y andar más de veinte minutos bajo la lluvia hasta llegar a su portal. Tenía las medias mojadas y los zapatos de tacón, que se había puesto en un inconsciente arrebato, sucios de barro. Tocó el interfono, alguien abrió la puerta de inmediato y subió con el estómago encogido los tres pisos (“Un jodido tercer piso y sin ascensor. Vamos que ya tenía ganas de vomitar antes de cruzar la puerta”).

Él la estaba esperando en el rellano.  Llevaba unos vaqueros viejos y una camiseta que había conocido mejores tiempos. Apenas si esbozó una sonrisa, se hizo a un lado y la invitó a entrar. Estaba oscuro, recuerda, salvo por la luz blancuzca de la cocina que se encontraba a su derecha y donde él la condujo sin urgencia. Se sentó ante la mesa, en la que tenía un periódico extendido y una lata de sardinas abierta, y le pidió que se desnudara. Ella, y lo dice como si se avergonzara, permaneció quieta, aturdida, sin saber qué hacer. Entonces el hombre se levantó de nuevo, la miró fijamente y le soltó una enorme bofetada.  La giró, empujándola contra la nevera, levantó su vestido y comenzó a azotarla sin miramientos. De vez en cuando, le acariciaba el coño, como si estuviese comprobando la calidad del material, pero enseguida volvía sobre sus nalgas. “Y yo solo podía ver un puto imán con el escudo del Atleti que estaba justo a la altura de mis ojos, mientras el tipo seguía pegándome cada vez más fuerte. El culo me ardía como un demonio, pero también me sentía como si estuviese flotando”.

Cuando se cansó, porque eso es lo que ella piensa, la cogió por el pelo y la puso de rodillas frente a él. Se bajó la cremallera del pantalón, le colocó la polla en la boca y estuvo por un tiempo indefinido empujándola contra el frío acero de la nevera. A veces, distraídamente, se agachaba y recorría su cuerpo con torpeza, palpando la carne firme, pellizcando aquí y allá sin un propósito concreto.

“Se corrió en mi cara – dice ella con un brillo divertido en los ojos – y después me pasó un trapo de cocina. Y así, sin más, se va a la mesa y me suelta: ¿Te apetecen unas sardinas?

Y sí, claro, qué iba a hacer, me quedé a comer las putas sardinas.”

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