10
Oct
2015

La voz para quien la habita

Ya habrá ganas de buscar un tiempo

de ofender a este silencio.

Otra manera tierna de dolerse.”

 

Hablar de lo ajeno es otra manera de acercarse a lo propio. Es un viaje de doble sentido en el que resulta fácil perderse cuando lo que te acompaña es solo un deseo de descubrimiento y nunca la necia e inútil pretensión de juzgar al otro.

 

Hace meses, casi décadas, tuve la idea un tanto peregrina de reseñar este libro. Conocía a la autora en la epidermis virtual de las frases cortas, y aunque me perdía a menudo en sus palabras, estas tenían una musicalidad, y ella un aire de poeta subterránea, que eran como un imán cercano en la distancia. Mi arrogancia fue pensar que estaba en condiciones de hablar de un poemario extenso y de matices que se multiplican, cuando solo soy un lector ocasional de versos sueltos.

 

“Jamás me adivines.”

 

Y en ese muro me estrellé durante mis primeras lecturas. No porque haya una voluntad de ocultamiento o rastros de falsedad en el libro. Todo lo contrario, creo. Es más, si es lícito decirlo, como una suerte de hermoso y recatado pudor escondido tras los velos de la impudicia. Un viaje, su viaje; a veces por paisajes iluminados y otras por complejos laberintos. Y a ese tren te subes o no, aceptando, como en la vida, que todo es imprevisto, que un verso no se explica, que puedes perderte o, si eres paciente y afortunado, quizás consigas verte, como una ráfaga, en el cambiante cristal de la ventanilla.

 

“Vine a vivir al rincón

donde se gestan tus preguntas…”

 

Aránzazu habla, cuenta historias, vagabundea por ellas, nos cuenta y se cuenta, y me atrevería a decir que incluso en ocasiones se pierde y se recrea en el inocente y puro artificio de ser y decir sin pretender ser ni decir nada. Solo escribir, como quien camina, como quien hace mientras espera.

Tengo su libro plagado de marcas y anotaciones, un tanto manoseado para lo que suele ser habitual en mí. En algunas páginas, en algunas noches, me iba de sus palabras a las mías. Quizás fueron los momentos más intensos en mi lectura, o tal vez otros en los que sentí que me hablaban a mí. Pero no como una revelación, sino como una mirada sincera y amable en la que descansar de tanta herida y tanta duda.

 

“Imagínate una calle

que abre espacios en tus párpados.

O el color de la lluvia

disolviendo estas palabras.

 

Un vagar concéntrico

que mira diferente

en la periferia dulce de tu agenda.

 

Temblar,

desprenderse del asfalto.

En un instante,

en todo el vacío,

ser memoria prometida.

 

Y el incienso del verano

detenido en la alambrada.

 

Gritar:

templadas sílabas,

polvo e inocencia.

 

Acaso arrepentirse.

 

Tú, delirante y solitario,

sobre la infinitud

que robaste

de aquella postal desnuda.

 

Es difícil.

Te atraviesa una ciudad sin luces.”

 

Todas las citas pertenecen al poemario “Asfáltica”, de Aránzazu Hernández

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