27
Feb
2013

El regalo

Cada noche, antes de acostarse, él sale al pequeño balcón para fumarse un cigarro. Son unos minutos en los que siente que escapa de su casa y de la rutina que se ha instalado en ella. Hoy, sin embargo, tiene una sensación diferente. En parte porque es su cumpleaños, otro más, y también porque ella no está. Por la mañana, al levantarse, vio un escueto mensaje de felicitación que incluía el aviso de que hoy llegaría tarde, pues tenía una cena de trabajo. Y sin saber muy bien por qué, el estrecho espacio en el que se encuentra le trae la imagen de un sandwich frío y plastificado. Además llueve. Una lluvia ligera y anodina que cae sobre su rostro sin furia ni interés, como si estuviese simplemente de paso.

De pronto, a través de las tenues cortinas del piso situado enfrente del suyo, percibe la silueta desdibujada de dos personas, a la que poco después se une una tercera. Juraría que se trata de dos hombres y una mujer, aunque no está seguro del todo. Al principio no parecen hacer nada, apenas si se mueven, se diría que estén hablando. Pero al cabo de unos segundos, uno de ellos se sienta en una butaca, mientras el otro comienza a desnudarla. Después ella se pone de rodillas, y él nota una presión en el vientre y su polla de inmediato se endurece. Cuántas veces, piensa con los restos del cigarro casi quemándole los dedos, ha pensado en hacer algo así con su mujer. Pero algo siempre le contiene. La vergüenza, el miedo al rechazo, la posible repugnancia en sus ojos, el temor a sentirse aun más sucio y lejano.

Entra en el salón con su dolorosa erección y un creciente desasosiego. Coge el paquete de tabaco y lo observa como si en su interior se escondiese algún secreto. Con un gesto brusco acerca una silla a la ventana y se sitúa como un solitario cazador a la espera de su presa. Ahora la mujer tiene en su boca la polla del hombre que está sentado. El otro, que ha sacado una especie de látigo, acaricia su culo y comienza a azotarla. Y él, que no puede oír nada, siente cada golpe como un latido inmenso y descontrolado en sus entrañas. Se acaricia con fuerza, incluso con rabia, mientras ve a la mujer abrir aun más las piernas y arquear la espalda, pero el que está sentado le coge con fuerza la cabeza y vuelve a enterrarla donde estaba. Y él ya no puede controlarse más y aprieta su polla con violencia hasta que esta se desborda y un aullido seco le quema la garganta. Después, el líquido que resbala por el pantalón del pijama le hace sentirse sucio, y ya no puede seguir mirando. Se levanta y va al baño, donde con las manos aun rígidas intenta disimular el estropicio. Se mira en el espejo casi sin querer, pero lo que ve al otro lado le produce una extraña desazón e impulsivamente se lava la cara. Y se queda allí durante unos minutos, escuchando el lejano fluir del agua a través de las cañerías, incapaz de pensar en nada.

Cuando regresa al salón, las luces del piso de enfrente han desaparecido. Enciende otro cigarro, le da tres apresuradas caladas y lo deja caer por el balcón. Puede verlo en el suelo, pisoteado por una lluvia más intensa que rápidamente lo apaga. Después, corre las cortinas, bebe un sorbo de agua y se acuesta en la cama. Intenta conciliar el sueño, pero al recordar las imágenes vuelve a excitarse y siente la tela del pijama aun húmeda y pegajosa. Se revuelve inquieto e intenta sin éxito pensar en otra cosa. Entonces oye el sonido de la llave en la cerradura, los tacones de su mujer caminando por la casa, la puerta de la nevera que se abre y se cierra, un sonido metálico que no puede descifrar y el suave chirrido de una cremallera.

Ella entra en la habitación, se tumba a su espalda, acerca los labios a su oreja y le dice con voz neutra. «Feliz cumpleaños. Espero que mi regalo te haya gustado.»

 

Fotografía: María G.C.

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